Artículo quinto: acerca de las identidades múltiples

En el asunto del independentismo, el sub-asunto de la identidad es clave. El sentimiento identitario del hombre -animal social-, es decir: su necesidad de saberse parte de un grupo étnico, religioso, político, profesional, deportivo…, tiene tal fuerza que ha sido y es profusamente explotado con finalidades que van desde lo  más virtuoso a lo más perverso. La monserga (sinónimo de sermón, de cantinela y de impertinencia) del famoso “hecho diferencial catalán” es de naturaleza y finalidad perversas pues predica básicamente la desigualdad (“eres diferente, eres mejor”) contra los postulados del cristianismo, el humanismo, el liberalismo…

Pues bien, yo no quiero que me sigan repitiendo que por haber nacido donde no pude elegir, por hablar una lengua que cualquiera puede aprender incluso de adulto, por el hecho administrativo de estar censado en un lugar, etc. soy distinto (y mejor); que no me lo repitan más, por favor, o que estos fanáticos del narcisismo me lo expliquen de una vez –no lo hacen porque no pueden- o borren de su discurso el cansino “nosotros y ellos…, ellos y nosotros…”.

Cabezas tan privilegiadas como las de Amartya Sen (“Identidad y violencia”) y Amin Maalouf (“Identidades asesinas”), sí han explicado -magistralmente- que la identidad de uno es el resultado acumulativo de las muy diversas relaciones que mantiene con los demás y consigo mismo; que se producen montones de identidades distintas en cada individuo: “identidades múltiples”. Yo no soy sólo catalán, sino también: español, varón, católico, abogado, de raza negra, aficionado a la  música clásica, socio del Barça, socialista…

Si alguien exalta alguna de estas identidades mías ignorando las demás (haciéndola genuina, única e inevitable): me está encasillando, ¡y punto! Es muy probable que esté interesado en reclutarme para su conflicto con los de la identidad supuestamente contraria a ésa; prender en mí una chispa de beligerancia, luego ascua de enfrentamiento verbal, luego llama de violencia física (usted entiende esto muy bien si piensa en tribus de otros continentes pero, a poca historia que sepa, le será fácil traducirlo a Europa, a la antigua Yugoslavia, por no irnos muy atrás).

Yo sólo soy idéntico a mí mismo, pero comparto con otros una gran variedad de identidades diversas; y como eso hacen todos, todos somos únicos. Y quiero ser libre para escoger todo lo que aún puedo escoger (no mi raza ni el lugar de mi nacimiento, pero mucho todavía, incluso la lengua en que me desenvuelva). Clasificar a las personas mediante un criterio único, dominante, lleva a subestimar la heterogeneidad que alberga toda cultura y a malinterpretar la humanidad entera.

Y si, pensando en la humanidad entera, me parece inmoral estar resaltando constantemente lo que nos separa y no lo que nos une, pensando en Cataluña y el resto de España además de inmoral me parece absurdo y ridículo porque no es que sea muchísimo más lo que nos une, es que hablamos de una fusión social de siglos completos; dejémonos de tonterías… Hablo de historia, de progreso, de religión, de raza, de cultura (no se justifica una sola mirada por encima del hombro por cuatro simples menudencias folclóricas… tan curiosas, interesantes y meritorias como las específicas de las regiones de al lado)…

Mucho, y con mucha lucha por medio, ha progresado la humanidad para igualarnos a todos en derechos (frente a esclavitud, servidumbre, racismo, machismo, discriminaciones religiosas y políticas, etc.) como para establecer ahora diferencias entre los de Girona y los de Cuenca. Y dígame usted: ¿no tiene más en común un gerundense de hoy con un conquense de hoy, que un gerundense de hoy con otro del s.X? Y dígame también ¿cuántas diferencias hacen falta para justificar un Estado propio?

Todos somos distintos e iguales, tan iguales que… hasta en el hecho de querer ser distintos somos iguales.

El “derecho a la diferencia” (aun cuando ésta tuviere alguna relevancia) no debe implicar “diferencia de derechos”, como se ha dicho repetidamente y demuestra la evolución del pensamiento occidental. Los nacionalismos se comportan odiosamente como factores de cohesión interna y de exclusión hacia el resto; ¿hay quien lo dude?

Si de verdad somos una sociedad catalana nada violenta y son objetivos nuestros la armonía y la paz mundiales, hemos de empezar por comprender mejor las pluralidades de la identidad humana. Es absurdo (por incoherente) magnificar a diario pequeñas diferencias entre españoles y simultáneamente presumir de sociedad abierta y virtuosa por los (sí, muy loables) esfuerzos de integrar a quien viene de mucho más allá con un equipaje lleno sólo de mayores contrastes (en esencia: escándalo por pequeñas diferencias con objetivo de desagregación y, mientras, simulación de ser ya nación desagregada con actitud de integrar diferencias mayores). De la miopía al cinismo.

El número de absurdos del independentismo se multiplica y no voy a aburrirle, estimado lector, los voy administrando… Hoy, una anécdota: hace un año llegó hasta un conocido industrial, paisano mío, mi indignación por vincularse al independentismo (que tanto enfatiza la identidad) y camuflar luego el nombre de nuestro pueblo en las etiquetas de sus productos con el pseudoanonimato del código postal (para evitar boicots idiotas y no perder dinero). Es como desgañitarte para que te llamen por tu nombre en correcto catalán y luego esconderte tras tu NIF…; claro que también nos mofamos de la disciplina y uniformidad de los militares españoles, y luego aceptamos sin rechistar las órdenes de ANC/Òmnium Cultural y vestimos orgullosos en una “Diada” la misma camiseta amarilla que otros cientos de miles de conciudadanos…

Mal empezó el independentismo intentando agarrarse incluso a la ridícula frenología…; más de cien años después, sigue sin poder agarrarse seriamente a nada. Yo, fíjese, lo iría dejando ya… Si usted se nota afectado aunque sea en parte, dese una buena ducha de agua fría (pero no aproveche para mirarse el ombligo -“el melic”- ¿eh?) y descolonice su mente alejándose de las tentaciones de identidad única y genuina, insularidad ficticia, “pueblo elegido” en medio de un mundo globalizado y sin vuelta atrás.

Y, a propósito de globalización y de diferencias entre pueblos, le dejo meditando sobre las tres etapas de la humanidad según el concepto de Arnold Toynbee (la redacción es mía):

– Prehistoria: las comunicaciones (a pie…) son lentísimas pero, como los avances del conocimiento lo son aún más (la piedra, el metal…), el resultado es que el grado de desarrollo de los pueblos es el mismo, poco más o menos.

– Historia: los conocimientos (trivium y quadrivium…) avanzan a buen ritmo pero la difusión (a caballo…) es aún relativamente lenta. Como consecuencia, los pueblos se van diferenciando unos de otros (añado yo que esto acaba creando los estados-nación en s.XVII y cuando alcanza su punto álgido en s.XIX, provoca los nacionalismos para explotar tales diferencias).

– Actualidad: los conocimientos avanzan rapidísimamente (informática, el espacio…), pero la difusión es ya inmediata (internet…), con lo que naciones y personas somos cada vez más iguales (aunque, por lo que se ve, no todos tenemos los ojos igual de abiertos a la realidad…).

Aquí el enlace al artículo cuarto. En unos días, volveré para hablar de suicidios y otros errores.

Autor: Ángel Mazo.

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