Artículo quincuagésimo primero: “arrodillados”

Hace tiempo que no les oigo decir que “el Estado les quería arrodillados y les ha encontrado en pie” (exceptuando una alusión muy de pasada en un mensaje de los CDR, este último viernes). Una frase muy enaltecedora… (y falsa y manipuladora también). Hay que tener una psique muy particular para decir estas cosas, una psique focalizada obsesivamente en un enemigo. De eso, de enemigos y de salud mental, hablé ya en  el primer artículo de esta serie, y prometí más.

Señalaba allí diferencias entre patriotismo y nacionalismo; hoy añado que los estados mentales del patriota y el nacionalista son también distintos. Y es lógico: mientras el patriota ama lo propio y está dispuesto a dar la vida si llega el momento, el nacionalista básicamente odia lo ajeno y le pueden irracionalidad y emoción, por lo que las manifestaciones del odio pueden ser diversas, no esperan a nada y, además, si no se ponen trabas tienden a ser rutinarias. Esto hace que, “operativamente”, el nacionalista esté en situación más ventajosa que el patriota, el cual entrará en acción sólo cuando crea que la ocasión histórica así se lo requiere y, mientras, se resignará a formar parte de la mayoría silenciosa, de la que ahora se llama “la espiral del silencio”. (Algunas excepciones vamos viendo en Cataluña, afortunadamente, y es precisamente porque la ocasión histórica así lo requiere ya).

El patriota defiende, es positivo y tiende a la sencillez; el nacionalista es agresivo y arrogante, está lleno de sentimientos negativos. Nunca lo reconocerá y se presentará como patriota (pacífico, incluso tolerante y dialogante) porque sabe en el fondo que así será más “vendible”. El nacionalismo es un estado psicológico emocional, estrecho y cargado de estereotipos, que surge en épocas de inquietud social y crea aún mayor inquietud simplemente porque vive de ella.

El nacionalista catalán, que dice que no tiene nada de español, lo es “de pleno derecho”: en el DNI y en muchas más cosas de las que sospecha. Por ejemplo, lo es también en cuanto que participa de nuestra maldición de llegar tarde a todo. Muchos han sido los autores que han estudiado las ocasiones en que España, principalmente durante la llamada “decadencia” y por su posición periférica con respecto a Europa y otras causas, recibió tarde el influjo de ideas nuevas (ilustradas, algunas liberales, krausistas…). Llegar tarde a las ideas e incorporarnos a organizaciones internacionales demasiado tiempo después de haber sido fundadas, ha sido algo muy español después del Siglo de Oro (afortunadamente, mi generación, con la anterior y la siguiente, lo están corrigiendo con creces).

El nacionalismo catalán, como todos los demás, va con retraso, con mucho retraso; yo lo digo aquí de vez en cuando. Los nacionalismos están vivos porque no han muerto aún, pero no son “el signo de los tiempos”. Hace mucho ya (a caballo entre los siglos XIX y XX) que se produjo el punto álgido de los estados-nación, por más que el funcionamiento del mundo actual se base aún en las naciones para todo (desde la ONU a los Juegos Olímpicos o el Festival de Eurovisión). Pasaron a la historia la intolerancia a la diferencia, el centralismo, la homogeneidad dentro de fronteras estancas, el racismo, la minimización de diferencias internas y maximización de diferencias con foráneos (por cierto, se llega al ridículo cuando se presenta como más extranjera a una onubense que a la subsahariana que ríe las gracias secesionistas).

A propósito del asunto de las diferencias culturales entre pueblos, terminaba mi artículo quinto resumiendo la genial teoría de Arnold Toynbee, que ningún amante del “procés”  habrá leído ni –mucho menos- meditado, acerca de las tres etapas de la humanidad y el absurdo de pretender magnificarlas en el mundo actual y próximo futuro. En la compleja realidad de la aldea global que se nos viene encima, resultarán más que ingenuos los actuales mapas políticos en que las naciones tienen colores propios –únicos en todo su territorio- y notable contraste con el de las naciones vecinas.

Es menester mirar al futuro y gestionar bien la transición que nos impondrá y que yo no sé siquiera imaginar apenas (pero hay quien sí sabe); por eso creo que transitar hacia atrás, como hace el nacionalismo, es muy poco inteligente (los errores se repiten pero el pasado pocas veces vuelve y, cuando lo hace, nunca es como fue). Yo no llego más allá de observar que, si bien las fronteras de las naciones son porosas, las mentes de los nacionalistas son herméticas y les hacen creer que así serán también sus naciones soñadas (puras, homogéneas, claramente diferenciables de las vecinas). Quienes –digo- sí saben ver el futuro, afirman que las nuevas identidades serán supranacionales, no infranacionales; bastante antes de que acabe este siglo.

Lo que los separatismos buscan construir (les encanta utilizar esta palabra mientras destruyen) son en realidad “patrias fractales” (a imagen y semejanza de aquéllas de las que quieren desgajarse), de tamaño cada vez menor; patrias que, aunque consigan su independencia y sean viables, no tendrán una soberanía parecida a ésa cuyo concepto estamos viendo ya cómo se desvanece; patrias que tendrán grandes dificultades para ser reconocidas internacionalmente, para ser admitidas en organizaciones supranacionales; patrias que no se verán libres de subsiguientes fracturas (tabarnias y vallearanes); que obtendrán victorias que no sé si calificar de pírricas o yugoslavas; patrias que no podrán vivir con la pureza soñada ya que la información, las mercancías y las personas, circularán por el interior de la aldea global sin respetar ni tenues fronteras. Si usted va por el mundo y quiere encontrarse con separatistas, no dude en buscarlos en las regiones geográficamente más alejadas de las capitales, en las áreas políticas más alejadas de las democracias afianzadas y en los oscurantismos sociológicos más regresivos y alejados del flujo central de la historia.

Buen pensamiento para un final. Ya lo dejaría hoy aquí pero, por “desengrasar”, voy a poner un ejemplo tontorrón, de carácter puramente anecdótico, doméstico, jocoso, desde luego nimio, sobre cómo vamos y venimos: antes los comercios solían presumir de su capacidad para traer y poner a disposición del cliente productos cultivados o fabricados a grandes distancias y, aun así, muy frescos o recién hechos. Este verano me hizo reflexionar un letrero de un hipermercado en que claramente se presumía de lo contrario, de ofrecer lechugas frescas que crecen en la propia región (¡no faltaba más!) y son recolectadas ¡a tan sólo a 35 kilómetros de allí!… No pude reprimir la carcajada y simulé toser.

Karen Armstrong, especialista británica en religión comparada y premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el año pasado, describe magníficamente (como tantos otros eruditos que es imposible citar) cómo el nacionalismo  ha suplantado a la religión (añado yo que parece haber tenido desde siempre, si no tal vocación, tal consecuencia al menos). A esto ya me he referido alguna vez, en tono más teórico; si lo traigo de nuevo a colación es porque pienso que no les quiere el Estado arrodillados aunque lo digan, y no están de pie aunque lo digan. Son ellos mismos los que se mantienen arrodillados ante un altar que hacen presidir por la sagrada imagen… ¡de ellos mismos!. Más que un altar es un circo al fondo de un callejón sin salida, al que han arrastrado una multitud de creyentes en peregrinación absurda y penosísima por avanzar también arrodillados. Por mi parte, no he logrado aún concluir si el hecho -cierto- de la enorme secularización de la sociedad catalana actual, refuerza o contradice mis pensamientos. ¿Usted qué cree?

Por Ángel Mazo


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