Artículo decimoquinto: acerca de historias de abusos y abusos de la historia

Saber Historia (observe la ‘h’ mayúscula) permite pensar con claridad. Saber mucha Historia nos hace pensar con mayor claridad. Sin embargo, hay que admitir que el pasado fue casi tan complejo como el presente y que, desde luego, se han perdido pistas esenciales para investigarlo, por lo que nunca sabremos exactamente cómo fue. De esto se aprovechan quienes “rellenan” con sus afirmaciones los huecos que encuentran y relatan el resto a su interesado modo. Como usted sabe, este pecado es típico de los nacionalismos, aunque no exclusivo de ellos.

Se aprovechan de esto y también de nuestras limitaciones personales porque no ignoran que, por mucho que sepamos, nuestros conocimientos históricos siempre resultarán insuficientes (como los suyos, por cierto). Además, ante tanta complejidad nuestro cerebro se arruga (“se acompleja”, si le gustan a usted los juegos de palabras): acabamos simplificando el pasado para poder entenderlo; y si ponemos poco esfuerzo la simplificación rebasa el umbral del error (hay quien, incluso con porte docto, rebasa el umbral siguiente, que es el del ridículo…).

La única defensa que queda a nuestro alcance consiste en contrastar las fuentes disponibles, hay casi tantas como intereses, o sea: muchas; pero urge tomarse esa molestia con tal de evitar tales simplificaciones pues no son sino “toboganes” para caer en dogmatismos con infantiles sentimientos de comodidad y diversión. Con una mentalidad escéptica y saludable se aprecia mejor la inconsistencia de las explicaciones perversas o simplonas.

Quizás la lección más útil de la Historia sea la de la humildad, al fin y al cabo el relato de la actividad de nuestro género a lo largo de los siglos podría recomponerse entero como una historia de los errores humanos. Tal estudio merecería la pena ya sólo por la posibilidad de comprender que no se sostendrían hoy, por erróneos o vergonzantes, determinados objetivos y decisiones de los líderes y generaciones que nos han precedido (esclavitud, racismo, cazas de brujas, actitud inquisitorial, leyenda negra, inferioridad de la mujer, geocentrismo y heliocentrismo, imperialismo… algún día se añadirá el nacionalismo), lo que debería movernos a esperar mucho menos de nuestra sociedad y actuales líderes políticos (a votarles con menos ceguera y más inteligencia). Las formas de pensar cambian y lo que parecía perfectamente normal hace dos siglos, ahora es literalmente inaceptable, si no impensable.

Pero siempre se puede encontrar base para una reivindicación de hoy si se busca suficientemente en el ayer; con el pasado (como con el refranero y ciertos textos oraculares) se puede justificar cualquier cosa… Historias de abusos y abusos de la Historia… Se crean mentiras o, peor aún por su carácter insidioso, medias verdades. El papel de los historiadores debería ser el de cuestionar y desmontar mitos para dejar el pasado con hechos desnudos, o vestidos sólo de explicaciones casuales, causales y secuenciales a fin de comprenderlo; no el papel de servir al poder que lo contrata para vestir de necesidad su ambición. Como en la actualidad, repito, nada del pasado es totalmente blanco o negro.

Manipular la historia es una recurrente forma de crear artificialmente una comunidad imaginada y ponerla en valor. Cualquier nacionalismo nos asegura que su nación ha existido desde prácticamente siempre, pasando por alto que todo es resultado de numerosos procesos internos y presiones externas, un dinamismo total que impide creer que algo esté fijado de antemano; en realidad, todo es contingente y nada es estructural (si me apura, ni la geografía física ni el clima…, sólo si me apura, digo). Hace dos artículos le hablaba yo del “wishful thinking” (pensamiento basado en deseos más que en evidencias) de los nacionalistas cuando imaginan que el futuro va a ser como les gusta a ellos; pues bien, son tan infelices que lo aplican también al pasado y se creen que fue como les habría gustado que hubiera sido.

Los nacionalismos, como algunas ideologías y fundamentalismos religiosos, nos relatan una historia sospechosamente sencilla, en que cada hecho encaja a la perfección y todo es explicable. Lo bueno por bueno (y genuinamente propio), y lo malo por la culpa de otro (e indefectiblemente extraño). ¡Qué fácil es hurgar en el pasado y encontrar listas de victorias y de derrotas y agravios!, ¡y qué fácil suprimir pruebas o, simplemente, saltarse capítulos!… La historia resultante es, sin embargo, falsa.

Los romanos, con su damnatio memoriae, castigaban enemigos eliminando todo rastro de su existencia, lo que les borraba de la historia (o sólo de la memoria). Jorge II de Gran Bretaña, tras la tremenda derrota en Cartagena de Indias infligida por Blas de Lezo, ordenó un espeso silencio oficial y la inmediata recogida de las monedas conmemorativas de la victoria que tan segura creía y ya se habían acuñado. En la Antigua Yugoslavia, en la última década del s.XX, todas las partes apelaban a la historia para justificar sus acciones, cada uno ponía y quitaba a su manera. (Por insertar algún ejemplo al tresbolillo…).

No me atrevo a hacerlo ni tengo espacio aquí, pero le remito a la infinidad de libros que demuestran sobradamente que son falsas muchas de las explicaciones históricas concretas que da el nacionalismo catalán, junto a intencionadas omisiones. Es más, he intentado por dos veces resignarme a enumerar las principales (con sus correspondientes justificaciones) pero, después de invertir en ello demasiadas horas, he tenido que desistir de tan ardua tarea. Lo siento; hay mucha más falsificación de la que un mero aficionado como yo puede resumir y desmentir en un folio y un periquete.

Algo más me ha pasado esta semana: como sé que la denuncia de falsificación histórica se ejerce también desde la parte contraria, me he parecido adecuado “apuntar alto” acudiendo a la documentación publicada en su día del Simposio “Espanya contra Catalunya: una mirada històrica (1714-2014)” que convocó la Generalitat, para analizarla, ver si podía rebatirla con honestidad y darle a usted cuenta del resultado. Ya la primera circular informativa me ruborizó, al tratarse más bien de un panfleto propagandístico (en el sentido más peyorativo del término) pues, entre la introducción y los títulos de las ponencias (475 palabras), aparece más de una veintena de veces la palabra “represión” (aplicada a todos los ámbitos posibles), junto con otras igualmente expresivas (como opresión, expolio, destrucción, etc.).

Curiosamente dice que, a pesar de todo, “estas condiciones no han impedido el pleno desarrollo político, social, cultural y económico” (no siento sino orgullo por esta peculiar y heroica idiosincrasia que tengo por mi cuna, oiga). Me tragué completas, a continuación, la sesión de apertura y una infumable ponencia específica sobre falsificación histórica, que me interesaba particularmente para el artículo de hoy. Sé que debería haber tenido más paciencia aún y examinar otros vídeos de ponencias, pero en este punto, al ver tanto el tono (político pseudo-intelectual) como el nivel (muy por debajo del de los autores que suelo citar aquí), abandoné mi propósito. Más que como historiadores, perdónenme ya que puedo estar equivocado, los vi como “palmeros” del relato oficial que “tocaba hacer” (usando su propia jerga).

A cambio de no emprender nada de esto, y como no quiero que le quede mal sabor de boca también a usted, le dejo un par de consideraciones (los “deberes” de esta semana) por si le apetece reflexionar un poco:

  • Como explica Álvarez Junco, el nacionalismo consiste en una fórmula tan sencilla, potente y flexible que, sospechosamente, le ha permitido irse aliando con: la libertad frente a los monarcas absolutos a principios del s.XIX, la democracia en las revoluciones de mediados de siglo, el conservadurismo y ambiciones imperialistas de finales; y, ya en el s.XX, con el fascismo, el socialismo de la URSS y Cuba, los movimientos de liberación colonial de Asia y África, los procesos de independencia tras la desintegración de la URSS…
  • Como constatan tantos autores, el catalanismo político ha tenido históricamente tres reivindicaciones básicas: mayor autogobierno, cooficialidad del catalán y protección de la cultura catalana. Las tres se han conseguido ampliamente en la etapa autonómica, la más larga de progreso y libertad en toda la historia de Cataluña, coincidiendo –muy lógicamente- con la etapa más democrática de España entera. Bien, pues lejos de conformarse, siquiera en parte, ya ve usted que se ha recrudecido.

Aquí el enlace a mi artículo anterior. La semana próxima hablaré de los todavía vigentes principios teóricos de la propaganda política; viene bastante a cuento, ¿no?

Por Ángel Mazo


‘50 hazañas de TV3’ es el último libro de Sergio Fidalgo, en el que ofrece 50 ejemplos que demuestran las malas artes de una televisión pública que se ha convertido en una herramienta de propaganda en manos del secesionismo. Insultos al Rey, faltas de respeto a líderes constitucionalistas, manipulaciones informativas... Se puede comprar en este enlace de Amazon. Si lo quieres dedicado manda un correo a edicioneshildy@gmail.com y pregúntanos como pagar.

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo