«Ganado el 4 de marzo a las 14:26, esperando las inminentes chirigotas sobre la enfermera gaditana, que ha dado la mejor descripción disponible de la lengua catalana, este puto coñazo». Así acababa Arcadi Espada su artículo del pasado domingo en ‘El Mundo’, citando las palabras de dicha enfermera en un vídeo en el que se quejaba de la obligatoriedad de tener el certificado C1 de catalán para aspirar a tener una plaza fija en la sanidad pública.
Y es que los dos tienen razón: el separatismo ha convertido al catalán en un puto coñazo, porque la obsesión de los nuevos caciques lingüísticos de imponer su uso al precio que sea, tanto en la función pública, como en las empresas y como lengua de uso social han hecho que sea un idioma desagradable, de imposición, lo más alejado de la libertad que debería imperar en un país democrático como España.
Pero para el separatismo Cataluña no es España, y nos quieren imponer su coñazo lingüístico a costa de nuestros derechos civiles. El catalán ya no es una herramienta de comunicación, es una religión sectaria que nos quieren imponer a golpes del diccionario de Pompeu Fabra. Así no le hacen ningún bien, porque está pasando de ser una lengua querida por muchos castellanoparlantes, a ser una herramienta de dominación contra la que hay que rebelarse. Triste destino de una lengua noble y culta que, por el fanatismo de un puñado de políticos, va a acabar siendo abandonada por centenares de miles de hablantes.
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