ANC y Omnium están destrozando un país

Empezaron como “movimientos cívicos”, pero pronto su poder de convocatoria forzó a todo un gobierno de la Generalitat, el del señor Artur Mas, a tomar una deriva que jamás hubiera elegido por sí mismo.

Tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut y la fatídica reunión del líder de la entonces CiU con el presidente Mariano Rajoy, en la que el líder del PP no quiso copiar a sus predecesores y regalarle a los nacionalistas todo lo que pedían, una riada de gente salió a la calle el 11 de septiembre a protestar convocados por la ANC y Òmnium Cultural. Pocos días después, el 25 de septiembre, Artur Mas convocaba elecciones para pedir “una mayoría más amplia” para su partido. Quiso capitalizar el descontento que había en la calle organizado por dichos “movimientos cívicos”, pero la fastidió y en vez de aumentar la base electoral de su partido, sin saberlo, firmó su sentencia de muerte. De los 62 diputados que consiguió en 2010 pasó a 50 en dichas elecciones de 2012. Ahora, tras fagocitar a Unió Democrática de Catalunya y de cambiarse de nombre (de Convergància pasó PDeCat), la última encuesta de La Vanguardia le da entre 14 y 15 escaños, la mitad que a Ciudadanos. Ahí es nada.

La ANC y Òmnium también han sido los grandes instigadores de los pseudoreferéndums que se han celebrado hasta ahora. El 9 de noviembre, que convocó Artur Mas después de varios vericuetos legales, le va a costar ahora 5 millones de euros de su bolsillo, junto a  Francesc Homs, Irene Rigau y Joana Ortega. El antiguo líder de Convergència, encima de perder la silla de “Molt Honorable President” después de un “pas al costat”, va a tener que responder con sus bienes por culpa de haber hecho caso a su “sociedad civil”. No olvidemos tampoco que las últimas elecciones que se convocaron las pidió la ANC. “Posi les urnes”, dijo su entonces presidenta. Y pocos meses después el “líder” del partido ganador se iba para casa sin cargo… A eso en mi casa le llamamos “hacer el pringao”.

A día de hoy, la ANC ha conseguido hasta convertir a su líder, Carme Forcadell, en presidenta del Parlament de Catalunya y a poner como a “Molt Honorable” a un verdadero independentista: Carles Puigdemont. Un líder que ha llegado a casi-proclamar la independencia de Catalunya. Resultado final: la mitad de su gobierno está en prisión y la otra mitad ha huído a Bélgica; Forcadell, junto a parte de la mesa del Parlament también está siendo investigada y Jordi Sánchez, actual presidente de la ANC, junto a Jordi Cuixart, presidente de Òmnium, ocupan un chalet poco lujoso (y muy triste) en Soto del Real.

En las últimas semanas, mientras se cumplían a rajatabla los pornográficos deseos de Forcadell, los Jordis, Puigdemont, Junqueras y Anna Gabriel (a cuál más diferente) más de 2.000 empresas decían adiós a Cataluña. Una de cada tres de las que tienen más de 50 trabajadores ya no están en nuestra tierra.

Y lo peor. Desde que en Cataluña gobiernan (de facto) estos movimientos (in)cívicos, la sociedad catalana está más y más separada; pero no de España, como querían, sino entre sí. No hay más catalanes enfadados con españoles, hay más catalanes enfadados con otros catalanes. Como buenos movimientos separatistas, han conseguido separar, pero a hermanos, familiares y amigos, no a “dos pueblos”, sino a un mismo pueblo por la mitad.

Esto es lo que han conseguido ANC y Òmnium, destrozar un país. Políticamente, económicamente y socialmente. Muy posiblemente muchos (quizás todos un poco) también han ayudado a que se produzcan o se aceleren dichas consecuencias. Pero lo que es indudable es que dichas organizaciones han sido las primeras instigadoras. Ahora el papel de todos es arreglar este desaguisado.

@llaquetm

 

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