Sostiene un anónimo sepulturero

Una escena en el cementerio, vivida la semana pasada, me ha evocado al poco tres cosas. Que mis padres me enseñaron de niño a sentir un hondo respeto y consideración por los parias de la Tierra. Que en una reunión familiar un 1 de mayo mi hijo mayor, con once años de edad, se soltó con un “viva la clase trabajadora” y pidió un brindis por su conciencia -todos lo coreamos de corazón y ninguno éramos comunistas-. Y, por último, que mi inolvidable amigo, el profesor José Gómez, un día en clase dijo algo así: “esto es como el obrero que pone un ladrillo, no dice, ‘¡ay, qué ladrillo más bonito he puesto!’, no, el obrero trabaja, calla y pasa frío”. O calor.

Eran las dos de la tarde cuando dos sepultureros acababan su faena: cerrar un nicho y dar unas paletadas de cemento a una losa. Ambos hombres se dirigieron entonces al séquito mortuorio. Sudorosos y polvorosos, uno de ellos tomó la palabra con grave y verdadero respeto y dijo cinco escuetas palabras. Con asombrosa dignidad natural sostuvo que: “con su permiso, nos retiramos”. Aquel gesto, aquellas simples y elegantes palabras, me retornaron una fe y una esperanza en la condición humana que no puedo dejar de consignar.


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