Soliloquios de una jubilada charnega

España es un país diverso y plural. Lograr que haya un equilibrio entre las diferentes entidades territoriales con diferente desarrollo  socioeconómico, cultural y lingüístico es más difícil que en países más homogéneos. Conservar y estabilizar la unidad nacional ha de ser objetivo del estado.

En la transición, teniendo en cuenta el momento político e histórico se intentó resolver con un estado más descentralizado, agrupando las provincias en 17 autonomías y 2 ciudades autónomas. Se introdujo el concepto de nacionalidades y, a día de hoy no se ha dado una explicación concluyente sobre la diferencia con nación, región, etc.

Paulatinamente se fueron traspasando competencias, no las mismas, ni al mismo ritmo, ni con la misma capacidad de autogobierno; es decir, se podría considerar una organización casi federal asimétrica (pensemos en los conciertos económicos del País Vasco y Navarra, las policías autonómicas…) Lo cierto es que hay desigualdades de competencias entre los gobiernos autonómicos. Si a esto añadimos la sobrevaloración del voto nacionalista periférico (véase El valor real del voto de Vicente Serrano), se da la paradoja de que partidos secesionistas influyen más en la política nacional que los de ámbito estatal que, con un número bastante mayor de votos, tienen un número bastante menor de diputados en el Congreso.

Esos partidos nacionalistas, a pesar de tener una sobre-representación que no les correspondería en un sistema proporcional, con la excusa de crear una Arcadia Feliz, han fomentado la insolidaridad entre la clase trabajadora de los diferentes pueblos de España disminuyendo sus derechos sociales y su bienestar a la vez que aumentando los privilegios que ellos, sus acólitos y la burguesía que los apoya detentan.

Nos hablan de nación como hecho diferencial (Hobsbawm ya explicaba que son los nacionalismos los que crean la nació y no al revés); de libertades perdidas en 1.714, como si el pueblo llano hubiera tenido libertades, y no de pérdida de privilegios de las clases dominantes; de agravios económicos (Borrell y Llorach ya desmontaron este tópico en Los cuentos y las cuentas…); de opresión lingüística, cuando en la escuela pública y concertada se practica el monolingüismo identitario en catalán.

Lo cierto es que, después de 1714, con la desaparición de las aduanas internas, el proteccionismo de las manufacturas catalanas, la desaparición del cupo con el comercio de América (esclavos y ultramarinos), surgieron una serie de familias que se enriquecieron enormemente y se produjo un significativo aumento demográfico En Cataluña.

Estas burguesías, a raíz de la crisis económica debida a la pérdida de las colonias, abraza las ideas del nacionalismo romántico alemán  y las traslada al nacionalismo catalán. Desde entonces han ido alternando épocas de “amor” a España (Restauración, dictadura de Primo de Rivera y franquismo) con épocas de odio  supremacista.

En la I República se trató de gestionar la heterogeneidad del país resolviéndolo con la fórmula federal, todos sabemos que su camino fue breve y no se pudo aplicar. Llegó la II República  y su camino fue trágico, abortado por los fascismos con el apoyo del clero y la alta burguesía central y periférica.

Ante la postura secesionista de las dos comunidades mal llamadas históricas (¿las demás no tienen historia? ¿Acaban de surgir en un súbito levantamiento orográfico?) en la situación actual cada vez se oyen más voces que hablan de nación de naciones, estado plurinacional, federalismo, etc. Da la sensación de una utilización banal de estas palabras por parte de los políticos sin que clarifiquen en qué consisten ni cuál será su aplicación práctica.

No nos dicen qué tipo de federalismo proponen. Tenemos ejemplos en Europa y en el mundo. Más del 40% de la población mundial tiene un sistema federal. Ningún país ha aplicado la misma fórmula; cada país ha tratado de aplicarlo a su realidad.

El federalismo no es la única respuesta posible a la diversidad, pero está basado en una constitución y prácticas democráticas, puede ser la solución frente a los secesionismos. La constitución federal ha de clarificar bien las funciones del gobierno compartido y las de cada una de las regiones/comunidades/naciones/territorios que disminuyan al máximo duplicidades y conflictos de competencias. Es muy importante que se explique bien porqué tipo de federalismo se debería optar, si sería por el cooperativo y solidario o por el asimétrico y disgregativo o por una confederación. Puede suponer una catarsis porque se habrán de repasar y modificar las estructuras del Estado.

¿Qué pasará?

¿Seguirán las mismas divisiones territoriales qué hasta ahora? ¿Se seguirán llamando cómo hasta ahora? ¿Cómo se repartirán los poderes? ¿Quedarán suficientemente claros? ¿Cuáles serán exclusivos y cuáles compartidos? ¿Se tendrán en cuenta las necesidades de las diferentes autonomías? Se modificarán las funciones de la cámara alta y se le dotará de un auténtico sentido de funcionamiento? ¿Cómo se recaudarán y repartirán los impuestos? ¿Cómo se organizará la sanidad? ¿Será a nivel nacional? ¿O será como hasta ahora? ¿Y la educación? ¿Será laica? ¿Se protegerán los derechos lingüísticos de todos los ciudadanos? ¿Qué tratamiento tendrá la lengua común en las comunidades bilingües? ¿Tendrán derecho los padres a la elección de la lengua de aprendizaje de sus hijos? ¿Cómo será el funcionamiento del  sistema judicial? ¿Será realmente independiente del poder político?

¿Primarán los “derechos” colectivos sobre los derechos individuales?  ¿Se modificará el sistema electoral y los votos de ciudadanos valdrán todos por igual? Etc.


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