Odium cultural (una cultura bajo la influencia)

No, no piensen que hablaré de Òmniun Cultural (que también), hablaré de odio y de cultura, de lenguas únicas y excluyentes, de xenofobia, de eugenesia, de totalitarismo, de manipulación… en definitiva, del ominoso proyecto llevado a cabo por el nacionalismo catalán encabezado por el Molt Andorrable Jordi Pujol desde que llegó a la Presidencia de la Generalitat en 1980 (momento en que ya evadía capitales hacia los Pirineos y llevaba décadas pensando mal de los andaluces). El Gran Evasor Pujol, a pesar de creer en brujas como Adelina (y explotarlas que sino no sería él), siempre ha sido un hombre leído y meticuloso, por eso nos ha dejado por escrito -con autoría o no- muchas de sus ideas y planteamientos, como el “plan estratégico de recatalanización”, que apareció íntegro en “El Periódico” el 28 de octubre de 1990.

El mismo día en “El País” el (antaño serio) periodista José Antich afirmó acerca de la paternidad del documento que su génesis se producía a partir de unas notas de Pujol; afirmaba, además de la paternidad del presidente de la Generalitat, que también habían participado en la redacción los consejeros Macià Alavedra (de Economía y pretoriano), Joan Guitart (de Educación), Joan Vallvé (de Agricultura e hijo de uno de los fundadores de Òmnium Cultural) y Josep Laporte (de Sanidad), así como el entonces secretario general de Convergència, Miquel Roca. (Antich en la actualidad es tertuliano habitual de los medios del “Régimen” y acude, cómo no, de orador a los actos de apoyo de la actividad ilícita de la actual Presidente y Mesa del Parlamento de Cataluña para blindar así la subvención y ayudas “varias” de su periódico digital).

Pero, ¿qué tiene esto que ver con la cultura? El diccionario de la lengua de la Real Academia Española (DRAE) define en sentido amplio la cultura como un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial que se dan en una época, grupo social, etc. Pujol, siendo plenamente consciente de lo que esto representaba socialmente, diseñó su plan al detalle con el fin de imponer la ideología nacionalista de manera forzosa en todos los ámbitos de la sociedad catalana y asentar las bases del “Régimen” del 3% – 4% por ciento. (Se recomienda encarecidamente la lectura del libelo pujoliano porque allí está todo lo que ha sucedido después).

Pero la primera acepción del DRAE -y la más temida por los regímenes totalitarios- define la cultura como el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Y aquí está el quid de la cuestión. ¿Cómo imponernos un modelo de sociedad de laboratorio, creado artificiosamente, como es el nacionalismo, si estamos estimulando el juicio crítico? Pues es bien sencillo: 1) reduciendo esa capacidad crítica de la ciudadanía mediante el férreo control de los productos culturales a través del dinero público; 2) usando la enseñanza no para la transmisión del conocimiento sino con un propósito del todo político, buscando someter la voluntad de los más jóvenes a la voluntad de la nación convirtiéndose la escuela en un instrumento más de la política del Estado como el ejército, la policía o la hacienda pública (la frase no es mía, es una cita del ensayo “Nacionalismo”, de Elie Kedourie, de 1966 pero plenamente vigente); y 3) mediante la transmisión propagandística continúa de la ideología nacionalseparatista en los medios de comunicación públicos (donde se queman alegremente constituciones y se trata a terroristas como héroes nacionales) y en los privados subvencionados (que son casi la práctica totalidad del resto).

Como se recoge detalladamente en el blog Dolça Catalunya, hay 362 medios privados de comunicación en Cataluña que han recibido un total de 12,7 millones de euros de la Generalitat solo en 2016; y no debemos olvidarnos tampoco de las ominosas editoriales conjuntas que tanto agradan al “Régimen” por estas latitudes.

A lo largo de la última década, diversos autores en el conjunto de España han dibujado un cuadro social demoledor de una clase política instalada en el inacabable saqueo del dinero público, una casta de parásitos, de gestores incompetentes y mediocres que gozaban de altos sueldos y varios privilegios y que no querían, no les interesaba, ningún resquicio de reflexión, de debate o de crítica, no fuera que se les acabara el momio. Este control es extremadamente patente, por desgracia, en la cultura catalana donde, a través de la manipulación de los que siempre están en detrimento de los que nunca estarán (y no por cuestiones de calidad artística), han conseguido convertir a los artistas del “Régimen” en grises funcionarios de boca cerrada y carteras repletas, algunos con categoría de “comisario”, otros con la de bufón y la mayoría en la de la mera insustancialidad.

Ese régimen nacionalista dirigido por esa casta de parásitos y corruptos (como ha quedado repetidamente demostrado estos últimos años desde la confesión de Pujol el Andorrano) no quiere ni autores molestos ni intérpretes conflictivos o con opiniones diferentes de la suya, tan solo “bufones de su señor” (como así denominó a esta tipología de artistas el gran Pier Paolo Pasolini). Pero la cultura tiene la obligación ética de seguir el espíritu socrático, de ser la mosca que consigue provocar al caballo, mosca con la que Sócrates se identificaba porque estimulaba a los hombres a razonar.

Pero este razonamiento, en el ámbito cultural del régimen nacionalista catalán, tristemente no se produce. El ámbito cultural catalán ha sido claramente, desde el primer Gobierno Pujol, una estrategia para el logro de los objetivos políticos específicos del nacionalismo. Se ha tratado de crear mediante el dinero público -y en ello siguen- un imaginario colectivo, unos valores, unos símbolos y unos esquemas de discurso -meramente catalanes y en catalán- con el único objetivo de consolidar su cosmovisión diferencial y que sea un sillar en el proceso de conformación de la identidad nacional catalana.

Esto, por desgracia, no es nada nuevo. El nacionalismo catalán, independientemente de la época, siempre ha sido impulsado por unos pocos -muy pocos y con espurios intereses- como ya recogió en el año 1928 el gran literato Josep Pla en su ensayo sobre Cambó: “Los catalanistas eran muy pocos. Cuatro gatos. En cada comarca había aproximadamente un catalanista: era generalmente un hombre distinguido que tenía fama de chalado”. Y contra esta voluntad antinatura de conformación e imposición de una identidad nacional catalana por parte de esos “cuatro gatos” el Pla octogenario, en el mítico programa de entrevistas “A Fondo” de TVE, aseveró: “El catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo español cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa”.

La lengua es y ha sido históricamente la base del nacionalismo catalán -no tienen nada más a lo que aferrarse- y es el eje diferencial sobre el cual gravita; por ello el nacionalismo rechaza y trata de expulsar de la cultura catalana toda aquella manifestación que se produzca en lengua española. Ciertamente, la concepción de la cultura, en su sentido más amplio, muestra que el poder nacionalista en Cataluña -desde la Transición y por todos los medios a su alcance- ha tratado de plantear con una obsesión casi enfermiza el sistema cultural catalán como una lengua y una realidad ajena al sistema cultural español, negándose a reconocer que la lengua española es también cultura catalana y que ambas no son ni contrarias ni antagónicas sino simbióticas y mutuamente enriquecedoras hasta el punto de que no puede entenderse la una sin la otra. ¿Acaso no son también autores y cultura catalana Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Javier Cercas, Manolo Vázquez Montalbán, Javier García Sánchez, Clara Usón, Olga Merino, Ana Moix o Pedro Zarraluki, por citar solo algunos?

Este proceso del nacionalismo como un tipo de política identitaria y motor de la construcción nacional, basada en la lengua y la educación, nos lo explica claramente Francis Fukuyama en “Orden y decadencia de la política” (2014): “La construcción nacional es la creación de un sentimiento de identidad nacional al que los individuos serán fieles, una identidad que sustituirá la lealtad a las tribus, pueblos, regiones o grupos étnicos (…). La construcción nacional requiere de la creación de cosas intangibles, como tradiciones nacionales, símbolos, recuerdos históricos compartidos y puntos de referencia culturales comunes. Las identidades nacionales pueden ser creadas por los Estados mediante su política aplicada a la lengua, la religión y la educación”.

El nacionalismo catalán se refiere siempre al catalán como “la lengua propia de Cataluña” (y así lo ha dejado por escrito en el articulado de los dos últimos Estatutos de Autonomía). Para empezar, las regiones no tienen ni lengua ni derechos, puesto que pertenecen indiscutiblemente a los ciudadanos. En todo caso es necesario hablar de lenguas oficiales y de la necesidad de acabar con la inmersión lingüística y de escolarizar idiomáticamente a los niños para que dominen -tanto oralmente como por escrito- todas las lenguas oficiales existentes en su territorio, siendo además el español (esa lengua de la que reniega el nacionalismo catalán) la segunda lengua en importancia del mundo con todo lo que ello supone. Cualquier otra postura o pretensión, en un mundo globalizado, es tristemente reduccionista y nos lleva al empobrecimiento, a la estrechez de miras y al localismo más trasnochado bajo el paraguas de una casta ensimismada en sus delirios xenófobos y supremacistas de secesión.

Que nadie se llame a equívocos. Los que me conocen y me leen regularmente saben que soy el primero en defender la cultura catalana y en catalán, como defiendo por igual la cultura española y también toda aquella en lengua española independientemente de su geografía de origen. La mayor parte de mis obras teatrales y cuadernos poéticos están escritos en catalán. Mis artículos de opinión los entrego siempre en ambas lenguas para su publicación (jamás es una traducción sino una versión en cada lengua); incluso dejé de escribir en un digital en que colaboraba porque llegado un punto me dijeron que tenía que escoger o catalán o español a lo cual me negué y empecé a publicar en otro medio en que sí aceptaban difundir ambas versiones. Y no se confundan, ésta no es una mentalidad y actitud personal sino que la compartimos muchos catalanes. Y no queremos, no permitiremos jamás, que el uso normalizado e indistinto a todos los niveles –incluso el administrativo- de ambas lenguas sea coartado o coaccionado por los poderes públicos -y sus extensiones subvencionadas- del “Régimen” nacionalseparatista.

Este régimen, desde sus inicios, ha tratado de generar una diglosia en Cataluña para servir a sus abyectos afines de secesión. La diglosia, a diferencia del bilingüismo, es la situación de convivencia de dos lenguas en un mismo territorio pero con la particularidad que una de las dos lenguas goza de prestigio o privilegios sociales o políticos superiores frente a la otra, que es relegada a las situaciones socialmente inferiores de la oralidad, la vida familiar y el folklore y que queda expulsada del ámbito institucional y administrativo; esto último es claramente lo que el nacionalismo lleva años tratando de hacer en Cataluña con la lengua española.

¿Algunos no me creen? Pues escuchen y crean las declaraciones de Joandomènec Ros, Presidente del Institut d’Estudis Catalans, en el programa “Els matins” de TV3 en abril de 2015: “El bilingüismo mata porque la lengua mayoritaria es la que acaba imponiéndose”. Lo remata diciendo que “sólo debería existir una lengua oficial y debería ser el catalán”. Y hablando de TV3, ¿quién no se acuerda de que en sus inicios los únicos que hablaban español en las series de ficción eran las sirvientas, los delincuentes, las prostitutas y los policías “del Estado”?

Sin embargo, la apropiación e instrumentalización de la lengua por parte de esos cuatro gatos chalados (como los denominó Pla) para convertirla en un elemento primordial de la construcción nacional catalana no es nueva, viene de lejos. Uno de los padres del nacionalismo catalán, Enric Prat de la Riba, en “La Nacionalidad catalana” (1906) repudiaba el bilingüismo de sus contemporáneos, tanto en la vida cultural como en la calle, por la españolidad -según él- que aquello representaba. La actitud de Prat de la Riba quedó perfectamente retratada por el escritor George Orwell en sus “Notas sobre el nacionalismo” (1945) cuando afirmaba de manera preclara que “ningún nacionalista piensa, habla o escribe jamás sobre nada que no sea la superioridad de su propia entidad de poder” y que “todos los nacionalistas consideran un deber difundir su lengua en detrimento de las lenguas rivales”.

Y así sigue sucediendo hasta hoy mismo en Cataluña, mediante la política de aplicación de una execrable diglosia que trata de obligar a que renunciemos de facto -de momento aún no de derecho- a esa innegable riqueza inmaterial que supone el bilingüismo para cualquier sociedad y sus ciudadanos. Hay que decir bien alto que, con esta política de intento de imposición del catalán como lengua única y eje donde gravitar su discurso identitario y su construcción nacional, lo único que han conseguido es una cultura tutelada y al servicio de un fanatismo y, de paso, empobrecer y estropear en nuestra región tanto la lengua española como la catalana.

En todas partes, y Cataluña no es la excepción, los movimientos totalitarios siempre han sido incultos y empobrecedores intelectual y culturalmente para aquellas sociedades que los han tenido que sufrir. Otro ejemplo más de la podredumbre moral e intelectual y de la indefensión y la precariedad laboral que han generado 40 años de nacionalismo en la cultura catalana fue la aparición en 2011 de Debatarts. Debatarts era una asamblea de indignados del mundo del teatro catalán formada por 700 asamblearios. Debatarts denunció por escrito muchas de las cosas que ya hacía tiempo que esos asamblearios -y muchos otros profesionales que no se apuntaron- denunciaban en “petit comité” y casi a escondidas, por miedo a perder las migajas laborales de las que hablaban en su manifiesto.

Entre otras, denunciaban: a) la mala administración de los recursos públicos gestionados con criterios poco equitativos y al servicio de un interés partidista y de clientelismo, lo que suponía la marginación de una gran parte del sector; b) que se había menospreciado a una gran parte de profesionales de las artes escénicas en favor y beneficio de unos pocos “elegidos”; c) la falta de transparencia a la hora de otorgar ayudas y subvenciones; d) una competencia desleal ejercida desde los teatros públicos, fundaciones privadas y determinadas compañías constantemente subvencionadas; e) la no existencia de una política cultural transparente, lo que generaba desigualdad, favoritismo, falta de criterio y suponía una prevaricación de los recursos públicos; f) que se había caído en las redes de un dirigismo cultural. Esta denuncia no sirvió para nada, la verdad. Por desgracia, constaté empíricamente con Debatarts que, en tierras catalanas, ninguna denuncia -por fundamentada e innegable que parezca- se acaba convirtiendo ya ni en la mosca que molesta al caballo.

Efectivamente, el principal déficit democrático en Cataluña para la existencia de una cultura libre y autónoma han sido las políticas culturales aplicadas hasta ahora porque éstas no han creado cultura sino que la han manipulado comportando una intervención o acción pública sobre el hecho cultural con motivaciones y/o fines ideológicos particulares, priorizando mediante discriminatorias regulaciones y actos administrativos a algunos sectores y a algunas personas concretas de estos, esgrimiendo la Administración catalana múltiples justificaciones -como la lengua utilizada- para legitimar estas políticas, para tratar así de conformar a través de ellas una falsa identidad nacional, imponiendo de esta manera una visión homogeneizadora (la suya) de la sociedad.

Pedro Gómez Carrizo resume de manera diáfana, en un reciente artículo, lo que supone esa “catalanización” continua y global que pretenden imponernos los nacionalistas al resto de los catalanes: “La estigmatización sistemática -que a menudo se convierte ya en abierto insulto- hacia lo no oficialmente catalán lo ha invadido todo: la escuela catalana, los medios de comunicación, los ámbitos institucionales y el tejido social dependiente, y tras la fractura social propiciada por el ‘procés’, ha llegado al fin a la calle”.

Nunca hay que dejar de denunciar la forma en que se utiliza la cultura en Cataluña como herramienta de odio y cuyos fines no son otros que la propaganda. Y para ello hay que hablar de Òmnium Cultural, una entidad sin ánimo de lucro (no le hace falta ganar dinero, ya vive del de todos los catalanes) fundada en 1961 que trabaja para la promoción de la lengua y la cultura catalanas (y en detrimento de la lengua española y de la cultura catalana en lengua española), la educación (como herramienta doctrinal), la cohesión social (como la que “escenifica” cada 11 de septiembre) y la defensa de los derechos nacionales de Cataluña (no de los derechos de los ciudadanos catalanes sino de los del territorio al que además considera “la nació”).

También tiene una vinculación directa con Acción Cultural del País Valenciano y Obra Cultural Balear en el marco de la Federación Llull (ergo el pancatalanismo y el imperialismo lingüístico y cultural catalán, que utiliza para hacer actos propagandísticos y vender como arcádico un desvarío que solamente existe en los mapas del tiempo de la TV3, “Els Països Catalans”).

Òmnium Cultural fue fundado el 11 de julio de 1961 por Luis Carulla i Canals, Joan Baptista Cendrós, Fèlix Millet i Maristany, Joan Vallvé i Creus y Pau Riera i Sala. Fèlix Millet fue el primer presidente de la entidad y fue sucedido por Pau Riera, Joan Vallvé, Joan Carreras y Josep Millàs. (Siendo el apellido mayoritario García en las 4 provincias catalanas no se observa a ninguno en este listado, lo cual indica el nivel de representatividad real sobre el conjunto de la población catalana en la fundación de Òmnium y en sus objetivos).

En diciembre de 1963, pocos días después de las declaraciones del abad Aureli M. Escarré a “Le Monde” en defensa de la (quimérica) identidad catalana, Òmnium Cultural fue registrada y clausurada por órden del gobernador civil Antonio Ibáñez Freire, pero continuó trabajando clandestinamente en la defensa y promoción de la lengua y la cultura catalanas (como vehículos nacionalseparatistas y cuyo único fin era y es político, la independencia, y de cultura bien poca). Esta situación se prolongó hasta 1967, cuando la entidad recibió el visto bueno de la Administración (¡franquista!).

Durante las décadas de los 70, 80 y 90, Òmnium puso en marcha numerosas campañas para promover el catalán en diversos ámbitos como los medios de comunicación, los libros, la restauración y la escuela. (Pregunten por estas “campañitas” a los niños y a los padres de esos niños de Mataró y de Balaguer, hostigados por la rama educativa de Òmnium, Som Escola, por pedir simplemente sus derechos –reconocidos por sendas sentencias judiciales- para que sus hijos fueran escolarizados en la escuela pública catalana con un mísero 25% de clases impartidas en español).

Òmnium también puso en marcha en esa época numerosas iniciativas para defender los (alucinógenos) “derechos nacionales” de Cataluña como la campaña “Freedom For Catalonia” (acción plenamente cultural, como indica su propio nombre, para la cual recibieron un montón de dinero público) o la campaña por el CAT en las matrículas (o de cómo convertir una matrícula en un haiku, pedazo de acción cultural inalcanzable para cualquier otra nación en ningún lugar del mundo).

A partir de 2003, bajo la presidencia de Jordi Porta, la entidad puso en marcha un proceso de renovación interna y externa que se concretó con el impulso de nuevos proyectos y actividades como la “Fiesta por la Libertad”, programas de cohesión social (nacionalista), nuevos programas culturales, etc. (Vamos, lo que eufemísticamente han llamado “ensanchar la base social del soberanismo” ya que sin los García es como un poco difícil el poder irse alegremente de España).

Òmnium fue la encargada de organizar la manifestación que tuvo lugar el 10 de julio de 2010 en Barcelona, bajo el lema “Somos una nación. Nosotros decidimos”, y el 29 de junio de 2013 organizó el Concierto por la Libertad en el Camp Nou, con el apoyo de la Asamblea Nacional Catalana y otras entidades. (Todas ellas viviendo de lo mismo, del dinero público, para incitar al odio y a la sedición, y para decir, como la ímproba Forcadell en un acto de la ANC, que los catalanes que no queremos la independencia no somos en verdad catalanes y no formamos parte del pueblo catalán).

En 2013 y 2014 impulsó la campaña “Un país normal”. (Normalísimo, fíjese usted: sedición, supremacismo eugenésico y cultural, xenofobia, odio, desobediencia de las sentencias judiciales y familias del régimen nacionalista llevándose a Andorra fajos de billetes de 500 euros ¡en bolsas de basura! provenientes de comisiones ilícitas y chanchullos diversos).

En 2014, junto con la ANC, Òmnium puso en marcha la campaña “Ara és l’hora” (Ahora es el momento) a favor de la independencia de Cataluña de cara a la consulta independentista del 9N (popularmente conocida como “butifarrèndum inhabilitador”). La campaña tuvo su réplica el verano de 2015 durante las elecciones al Parlamento de Cataluña. (Indudablemente es lo más normal y democrático del mundo: haber usado el dinero público para que una asociación hiciera una campaña que incentivaba el voto hacia partidos independentistas que llevaban ya varios lustros regando con múltiples subvenciones a esa misma asociación, Òmnium, y llevando a la que era entonces su presidenta, Muriel Casals, como número 3 por Barcelona de la lista conjunta de CiU y ERC que se denominó Junts pel Sí).

La gran acción cultural de Òmnium Cultural (valga la redundancia aunque la palabra cultural no describa la realidad de manera objetiva), que no hay que restarle méritos cuando los tiene y muchos, es conseguir organizar con tamaña maestría esos movimientos de masas norcoreanos durante las Diadas del último lustro, eso sí, sin tener la posibilidad de tantos años de ensayos previos como ha gozado la República Popular Democrática de Corea, que lleva en ello desde 1948.

En definitiva, ante esta innegable exposición de los hechos, debo concluir que Òmnium es un proyecto meramente cultural (como ha quedado más que patente) y cuyos valores son tan universales y fraternales (así lo avalan las subvenciones otorgadas por la Administración catalana) que no necesita generar recursos propios para transmitir ese mensaje tan plural, cargado de valores, de convivencia y de respeto. (Cabe recordar que las subvenciones de Òmnium Cultural entre 2005 y 2010 sumaban casi 10,5 millones de euros a través de diferentes ayudas puntuales y convenios plurianuales del gobierno catalán. El convenio firmado entre Òmnium Cultural y el Departamento de Presidencia de la Generalitat para los años 2011-2013 ascendió a 1.434.000 euros. Suma y sigue).

Parafraseando a Groucho Marx -en palabras de mi buen amigo Ralph E. Wolf- podríamos definir fácilmente el oxímoron Òmnium Cultural de la siguiente manera: Òmnium Cultural es a la cultura lo que la música militar es a la música. (Y lo digo con el máximo respeto hacia la música militar).

La cultura como elemento de uniformidad y como ecuación de ingeniería social no es, como ya he dicho previamente, patrimonio del nacionalismo catalán sino algo que comparten todos los movimientos totalitarios. Josef Stalin afirmó en 1946 lo siguiente: “Debemos entender y aceptar que la cultura es una de las partes integrantes de la ideología social, de la clase, y se utiliza para salvaguardar los intereses de la clase dominante (…). No existe el arte por el arte. No hay, y no puede haber, artistas libres, escritores, poetas, dramaturgos, directores o periodistas, situados por encima de la sociedad. Nadie los necesita”.

Y lo decía siguiendo a lo expuesto por su camarada Mao Tse Tung en las charlas en el Foro Yenan de Literatura y Arte en 1942: “En el mundo de hoy, toda cultura, toda literatura y arte pertenecen a clases definidas y están orientadas a líneas políticas definidas. De hecho, no existe el arte por el arte, ni el arte que está por encima de las clases, ni el arte que se separa o es independiente de la política. La literatura y el arte proletarios son (…) como dijo Lenin, los engranajes y las ruedas de la máquina revolucionaria. (Nuestro propósito es) asegurar que la literatura y el arte encajen bien en la máquina revolucionaria como parte integrante, que actúen como poderosas armas para unir y educar al pueblo y para atacar y destruir al enemigo, y eso ayudará al pueblo a luchar contra el enemigo con un único corazón y una sola mente”.

Fidel Castro, por si quedaba alguna duda, añadió en 1961, en un discurso que pronunció en la Biblioteca Nacional, lo siguiente: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir (…) nadie puede alegar con razón un derecho contra ella. Creo que esto es bien claro. ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”.

Pero por fortuna cada vez más gente en Cataluña rechaza este modelo histórico y alza su voz para denunciar las tropelías y manipulaciones de quienes gobiernan y nos imponen sus ideas partidistas al resto. Los gobernantes tienen que procurar el bien común y la base para ello siempre debe ser la libertad -que se fragua con la educación y se transmite y consolida con la cultura- y jamás la imposición de dogmas. Que no decaiga ese espíritu crítico de denuncia es trabajo de todos los españoles, no solo de los catalanes, porque el eufemísticamente llamado “problema catalán” es en realidad un problema nacionalista, creado por unos pocos y que no compartimos la mayoría de los catalanes pero que afecta a la convivencia y a la estructura territorial de todos los españoles y que debemos acabar cuanto antes.

Pero el odio cultural que rezuma el nacionalismo catalán contra su archienemiga España no es ninguna invención de Pujol ni nada nuevo; ya en 1907 el catalán Francisco Jaume escribía combatiéndolo que: “Una de las mentiras más indignas de los catalanistas es la de hacer creer a los catalanes que somos odiados por los castellanos, cuando es perfectamente lo contrario”.

En 1899, previamente a las palabras de Francisco Jaume, Bartomeu Robert, más conocido como Dr. Robert, pronunció en el Ateneu Barcelonès la conferencia “La raza catalana” en la que teorizó sobre la capacidad craneal y el índice cefálico de los catalanes -en contraposición con el de los otros pueblos de España- para explicar porque los catalanes éramos una raza diferente.

Posteriormente, en 1934, ese odio racial al que aludía Francisco Jaume, prosiguió con Pompeu Fabra y otros “prohombres” del nacionalismo catalán, claramente inspirados por las teorías del Dr. Robert: propusieron la creación de la Sociedad Catalana de Eugenesia a través del “Manifiesto para la conservación de la raza catalana”, “raza” que consideraban “dañada” por culpa de los castellanos “invasores”, afirmando que era necesario “asentar las bases científicas de una política catalana de la población” para mantener pura esa inexistente raza “de barretina”.

Creo que todo este magno despropósito sociocultural que sufrimos en Cataluña -y que viene de antiguo- se resume en la célebre frase del gran humorista catalán Jaume Perich, conocido como “El Perich”, seguramente inspirado por aquella visión “antropológica” del Dr. Robert y los visionarios miembros de la Sociedad Catalana de Eugenesia: “El nacionalismo es creer que el hombre desciende de distintos monos”.

(Este artículo forma parte del libro “La Cataluña que queremos”)


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