La función de la universidad en Cataluña

Ahora que hemos entrado en el periodo vacacional es momento para reflexionar sobre el papel que están jugando las universidades en Cataluña. Si lo hacemos, observaremos que en algunas de ellas se han dado clarísimas muestras de que no juegan el papel que deberían tener, que no es más que la libre discusión de las ideas, sin sectarismos ni, por supuesto, violencia para los que piensan diferente.

Los escraches que algunos movimientos estudiantiles de ideología independentista han protagonizado son lamentables. Sin embargo, lo más preocupante es que las autoridades, en el mejor de los casos, han mirado para otro lado, pero también han tomado partido de dichas acciones con votaciones espurias a favor del independentismo, olvidando que la universidad es plural y que en ella caben todas las ideas cuando se expresan libremente y sin tomar militancia por un partido concreto.

Este año, en febrero, el Papa Francisco, en su visita a la Universidad de Roma, se refirió a las “universidades de élite” como unos centros en los que no se enseña a dialogar, sino solo ideologías. “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología; eso no es una universidad”, afirmó.

El concepto de “universidad de elite” es muy amplio y quizás habría que mirar los baremos que se publican, pero lo que es evidente es que lo ocurrido en algunas universidades catalanas es puro fascismo y nazismo, además de xenofobia o, dicho en román paladino, “racismo”.

Ignacio Ellacuría, el rector mártir de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador, asesinado con parte de sus vicerrectores y directores de departamento en 1989 por defender una universidad con función social y política, afirmaba no ser partidario de una universidad ideologizada y militante políticamente. Ellacuría defendía que la universidad debía ser una institución que entrara decididamente en el interior de los procesos históri­cos de transformación y que aportase elementos para entender la realidad y para transformarla. No debía ser un lugar donde se organizaran protestas civiles, algaradas y relajos sin ninguna consistencia más allá de la protesta. La universidad tenía que ser rigurosa usando el método científico en sus investigaciones, que serían el norte de sus acciones, y debía volcar sus descubrimientos en una docencia comprometida con la verdad. (Escritos universitarios. San Salvador: UCA Editores, pp. 19-26.)

Ellacuría defendía que los objetivos de la universidad eran el análi­sis de la realidad y, sobre todo, la transformación de esa realidad mediante la docencia, la investigación y la proyección social. Para el rector, la universidad debía tener una función po­lítica transparente, no como militante a una u otra causa, sino como colaboradora, como cooperante y como institución rigurosa en sus análisis sobre los diferentes debates políticos, para así pagar su parte alícuota de servicio a la sociedad que la circunda.

¡Qué lejos estas ideas de lo que se está haciendo en algunas universidades catalanas!


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