Después del 1714: pandemias

 

Durante este período Barcelona multiplicó su población por cuatro. Si en 1714 había 35.000 habitantes, en 1832 eran 117.000. ¿A qué se debió este aumento demográfico? A lo largo del siglo XVIII la paz se estableció en Cataluña. Al menos hasta mediados del 1770. En 1773 se rompió la paz. Aquel año se produce el levantamiento de las levas; la Gran Guerra (1793-1795) contra Francia; y la Guerra de la Independencia (1808-1814). Sin embargo el aumento demográfico continuó en línea ascendente. Otro factor fue la llegada de inmigrantes. Muchas personas del interior decidieron dejar sus pueblos para venir a Barcelona. Había trabajo y la ciudad ofrecía estabilidad económica. A finales del siglo XVIII llegaron a la Ciudad Condal muchos franceses que huían de la revolución de su país. Barcelona también se convirtió en el epicentro de la aristocracia y alta burguesía. Estas clases sociales impulsaron la creación de palacios, gobernaban e impulsaban actividades científicas y culturales.

No todo era positivo. Las enfermedades y epidemias atacaron la ciudad. La más importante fue la viruela. En un mundo donde la medicina todavía era medieval, cualquier pandemia segaba y atemorizaba la población. La más temida era la peste. Recordemos que en el 1589 Barcelona la sufrió. Murió una cuarta parte de su población. Esto es, 10.723 personas. Para curar a la gente se utilizaban diferentes métodos. Estos eran: purgantes, no comer ciertas verduras, beber azufre con vinagre de Roma, sangrías, e infusiones. La gente de la época y los médicos consideraban que la peste era un proceso natural, de origen divino, que cada cierto tiempo se repetía. En el siglo XVII Cataluña sufrió una fuerte epidemia de peste. En concreto entre los años 1629 y 1631. Una segunda epidemia se produjo en 1647. El foco llegó desde Argel. En Cataluña murió un 20% de la población. El 1720 un brote se detectó en Marsella, pero no traspasó la frontera. En 1787 otro en el norte de África que tampoco llegó hasta aquí. Un nuevo foco se detectó en el norte de África en 1793. No afecto Cataluña, aunque como los otros, preocupó a los gobernantes.

Hubo otras pandemias no tan peligrosas como ésta. Si la peste mató a millones de personas las otras no fueron tan mortíferas. En las riberas del Mediterráneo se daban las fiebres tercianas o paludismo. Muy común entre los campesinos aparecía cada verano. No provocaba una gran mortalidad, pero era preocupante. Las fiebres tercianas o paludismo es una enfermedad infecciosa producida por un parásito que vive en la sangre y que necesita calor para sobrevivir. Por eso el foco epidémico sólo aparece en verano. La enfermedad la transmite la hembra del mosquito Anopheles. En el siglo XVIII se creía que era por culpa del clima o por las aguas empantanadas.

Otra pandemia era la viruela. Un brote se detectó en Barcelona en 1791. Al enfermo se le hinchaba la cara y el cuerpo. También sufría fuerte brotes de fiebre. Muy contagiosa, en algunos casos podía causar la muerte. En el siglo XVIII la viruela podía evolucionar hacia una pulmonía. La muerte entre niños y ancianos era muy frecuente. Existían dos enfermedades comunes en la sociedad catalana: tuberculosis y cáncer. La primera se convertiría en enfermedad romántica durante el siglo XIX. La segunda aún hoy provoca miles de muertes en todo el mundo. Otra causa de muerte, entre las mujeres, era dar a luz.

Algunas infecciones se producían como consecuencia del mal estado de los alimentos. No existían los sistemas de conservación de hoy en día. Además estaba la picaresca. Los panaderos adulteraban el pan. Se utilizaba agua no potable, harina adulterada con semillas venenosas. A todo esto hay que añadir que no siempre el pan quedaba bien cocido. El resultado era infecciones gástricas. El vino tampoco se salvaba. Era bastante común mezclarlo con yeso. En otros lugares lo adulteraba con plomo. También era un foco de infección las letrinas, los pozos muertos y las cloacas. Como explica el jesuita Tomás Cerdá: “La ciudad olía muy mal. Como no había servicio de recogida de basuras, ni tuberías en las letrinas de los pisos, la gente tiraba a la calle todos estos desperdicios. Los pozos muertos no se vaciaban tan a menudo como era de esperar. Las cloacas desembocaban en el mar. Allí quedaban depositados los restos. Uno se puede imaginar que nadie iba a la playa. El olor también era insoportable. Barcelona vivía rodeada de una nube pestilente”.

Esta fue una constante en la ciudad hasta que no se derrumbaron las murallas y se alcantarilló la ciudad. Podemos decir que el olor de la Barcelona posterior y anterior al 1714 era pestilente. Es decir, se vivía mucho mejor en Mataró Arenys de Mar, Granollers, o Badalona que allí. Hoy en día la contaminación envuelve la ciudad. En el siglo XVIII la pestilencia. Por eso la aristocracia tenía casas fuera de las murallas, para respirar aire puro cerca de la ciudad. La situación llegó a tal extremo de peligrosidad que, en 1795, la Junta Sanitaria de Barcelona prohibió lanzar a la calle, tanto de día como de noche, aguas sucias y restos orgánicos y se empezó a quitar la suciedad de las calle para reducir las epidemias.

Lo normal era que la gente no se limpiara. La costumbre era tener limpias las manos y la cara. El resto, como no se veía, no hacía falta asearlo. Uno se puede imaginar el olor que hacía la gente. Ahora bien, como todos iban sucios, los limpios estaban mal vistos. Oler bien e ir limpio era una excentricidad. De ahí que hubiera tantas enfermedades. Cuando la higiene personal y urbana fue la norma habitual de la sociedad barcelonesa muchas de las pandemias desaparecieron. Como consecuencia de estas surgió toda una serie de rituales religiosos. El Cielo los libraría de cualquier daño. Uno imploraba a Santa Apolonia por la boca; a San Liborio por el mal de piedra; a Santo Domingo o San Magín por las fiebres, y así podríamos seguir. No conocemos el porcentaje de curaciones. Ahora bien, alguna de estas tradiciones aún hoy se practican.

Los que más sufrieron estas pandemias fueron los niños. El hospital de referencia era el de la Santa Cruz. Allí muchas familias pobres abandonaban bebés al no poderlos mantener. La mayoría fallecían poco después por haber sufrido carencias alimenticias o enfermedades. Los que sobrevivían tenían el futuro marcado, pues al crecer pasaban a formar parte de las procesiones, iban a los enterramientos, regaban y barrían las calles…

Como se puede imaginar la mortalidad de animales era bastante elevada. La gente no se dedicaba a enterrarlos. Los dejaban abandonados en la calle. Ante el peligro de infecciones se creó el mulo de la gatera. Un hombre iba encima de un carro tirado por un caballo. Se encargaba de recoger todos los animales muertos y luego los enterraba o quemaba fuera de la ciudad.

Finalmente hablemos de otro foco de pestilencia. Adyacente a las iglesias de Barcelona estaba el cementerio. Los problemas de higiene y los riesgos de epidemias eran muy graves. Además del aumento de población, el elevado número de muertes colapso estos lugares. ¿Cómo se enterraba? Veamos. Si se moría un familiar lo enterraban. Al cabo de unos meses moría otro. A este lo entierran en la misma fosa y lo ponían encima del otro. Los vapores de la putrefacción subían hasta la superficie. Se dieron casos de enterrar, en poco tiempo, tres o cuatro miembros de una misma familia. El último cadáver casi quedaba a nivel del suelo. Y qué decir cuando llegaba el verano. Cuando llovía los cementerios quedaban empantanados. El agua se mezclaba con los restos y la putrefacción provocaba un olor insufrible. Desde muy lejos uno podía oler esta pestilencia.

Y no quedaba ahí la cosa. También se enterraba dentro de las iglesias. El claustro de la Catedral de Barcelona es un buen ejemplo. El olor se hacía insoportable. Por eso la utilización del incienso, para disimular la mala olor. En la Iglesia del Pi el olor era tan fuerte, sobre todo en verano, que era preciso dejar todas las puertas abiertas por la mañana. Con ello se conseguía que por la tarde el olor fuera tolerable. Por todo ello los consejeros de Barcelona decidieron prohibir cualquier tipo de enterramiento en los cementerios e iglesias de la ciudad. A partir de entonces se enterraría a la gente fuera de las murallas. El primer cementerio construido fue el General de Barcelona, del Este, de Levante, Viejo, o del Pueblo Nuevo. Se inauguró en el año 1775. Estaba ubicado en un lugar prácticamente deshabitado. En el 1813 las tropas francesas lo destruyeron. Reconstruido de nuevo fue reinaugurado en 1819.


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